PERON TECNO
Una aventura desde la periferia.
Escribe Sergio Cerón
07/2004
Sergio Ceron, periodista y funcionario de la Secretaria de
Ciencia Técnica, hoy administrativamente devaluada, elige recordar a Perón
apuntando a una operación sin precedentes en la ciencia latinoamericana.
Construir poder atómico desde la periferia y –para colmo –con tecnología y
creatividad alemana. El autor narra la historia del intento de Perón de obtener
la inserción de Argentina como potencia tecnológica mediante la obtención de
energía atómica por medio de la fusión (en lugar de la fisión) nuclear. Si
bien el proyecto del profesor austríaco Ronald Richter no lo logró (nadie en
verdad lo logró aun), el resultado para el país no fue tan negativo como lo
presentaron sus opositores, ya que sentó las bases de la tecnología nuclear
argentina. Posteriormente, algunos de los colaboradores de Richter terminarían
por apuntalar el proyecto nuclear del Sha de Irán en otra operación sin
precedentes que remarcaba el rol jerarquizado de los investigadores argentinos.
Recordar a Perón desde lo tecnológico y desde el Estado parece ser una detalle
no menor en momentos en que la polémica divide al peronismo entre hombres de
aparato y neomontoneros recalentados al microonda, luego de una larga hibernación
en el sur argentino. Leamos lo que sigue.
El sábado 24 de marzo de 1951, la Argentina Potencia parecía una realidad
alcanzable. Ante una selecta concurrencia de funcionarios y periodistas, Juan
Domingo Perón hizo un anuncio que recorrería rápidamente todo el mundo:
"El 16 de febrero de 1951, en la planta piloto de energía atómica en la
isla Huemul, de San Carlos de Bariloche, se llevaron a cabo reacciones
termonucleares bajo condiciones de control en escala técnica"
El Presidente argentino informaba, en síntesis, el desarrollo de un proceso
original para producir energía atómica mediante una reacción de fusión
nuclear, que no partía del uso del uranio y era no contaminante y barata. Parecía
abrirse la puerta a la utopía de una fuente inagotable de energía que
reemplazaría para siempre a los combustibles de origen fósil. La estructura de
poder económico, político y militar del mundo, de confirmarse el anuncio, se
vería sacudida en sus entrañas.
Ese verano de mediado el siglo XX parecía alentar los sueños de quienes
aspiraban a reubicar al país, como en el Centenario, entre las naciones
llamadas a convertirse en potencias emergentes. Apenas un mes antes, el 9 de
febrero, los habitantes de Buenos Aires podían contemplar con asombro la
aerodinámica silueta del Pulqui II, uno de los aviones de caza más avanzados
del mundo, en el Aeroparque de la ciudad. Diseñado por un equipo de ingenieros
alemanes había sido construido en la Fabrica Militar de Aviones de Córdoba, en
la que desde 1927 se producían aeronaves bajo licencias internacionales y de
diseño nacional, luego, en series que llegaron en algunos modelos a superar las
200 unidades.
Para completar el panorama, en el siguientes 16 de octubre, entró en servicio
la locomotora Diesel-Eléctrica diseñada, construida y promovida por el
ingeniero Pedro Saccaggio en los talleres ferroviarios de Liniers. Un proyecto
de inversiones preveía una serie de 395 locomotoras similares de 2400 HP y 215
de 800 HP, para modernizar un sistema servido todavía por las antiguas máquinas
a vapor que consumían el carbón de Cardiff.
1946: ENRIQUE GAVIOLA Y LA BOMBA "A"
Aunque la enorme mayoría de los argentinos lo desconocía, no era la primera
vez que en medios científicos locales se abordaba de manera pública la
construcción de artefactos nucleares. En la séptima reunión de la Asociación
Física Argentina, realizada en La Plata en abril de 1946, el físico argentino
Enrique Gaviola presentó un trabajo titulado Empleo de la energía atómica
(nuclear) para fines industriales y militares.
"El trabajo de análisis que realizó Gaviola es notable, así como también
lo es el hecho de que sea tan poco conocido en la Argentina", sostiene el
doctor Mario Mariscotti, destacado científico argentino, con numerosos
reconocimientos en el ámbito internacional, en su libro El Secreto Atómico de
Huemul – Crónica del origen de la energía atómica en la Argentina –
Editorial Sudamericana, 1985, una de las fuentes consultadas para documentar
esta investigación.
"El artículo concluye con una descripción, sorprendentemente detallada
para el momento en que es escrito, del posible diseño de una bomba atómica. ¡Nada
más ni nada menos! Sobre todo que con los conocimientos de hoy se puede
apreciar que el análisis de Gaviola, hecho a tientas, es correcto- Esta era una
medida de la capacidad existente entonces en la Argentina en materia atómica",
dice Mariscotti.
Nacido en Mendoza en 1900, Enrique Gaviola llegó al Instituto de Física de La
Plata, institución cumbre de la época de esa disciplina moderna en nuestro país,
en 1917, donde lo tomó bajo su tutela Ricardo Gans, científico alemán
especializado en magnetismo. Fue el primer peldaño de una carrera que lo llevó
a estudiar en Europa con integrantes de la elite que transitaba por los más
altos niveles del pensamiento de la teoría de la relatividad y de la mecánica
cuántica, como Einstein, Meitner, Hulbert, Courant, Born, Planck, Franck y von
Laue. Posteriormente desarrolla su actividad en Estados Unidos, primero en John
Hopkins y luego en Carnegie. Convive con la hight society de la física
internacional, participa en la intrépida empresa de investigar senderos del
conocimiento no transitados y trabaja denodadamente en los laboratorios que lo
aceptan. Por recomendación de Einstein es becado para trabajar con Robert W.
Wood y una foto, en la que aparece junto a Merle Tuve el 11 de noviembre de
1928, trabajando en un experimento, está expuesta en el museo de Ciencia y
Tecnología de la Smithsonian Institution en Washington D.C.
No fue el único científico argentino que incursionó en los más altos niveles
de la ciencia de entonces. Cecilia Mossin Kotin se fue a París en 1938, donde
trabajó con el matrimonio Joliot-Curie, que había recibido el Premio Nobel
cinco años antes por el descubrimiento de la radiactividad artificial. La joven
investigadora tuvo la oportunidad de obtener uno de los primeros resultados de
la espectroscopía nuclear mundial al estudiar la radiación característica del
actinio.
La Argentina estaba en condiciones de aspirar a sumarse a las naciones que se
aprestaban a encaminarse en la senda de la energía atómica por la vía del
uranio. No le faltaban elementos humanos que, con la tutela de la nobleza científica
vacante en Europa a fines de la Segunda Guerra Mundial, la instalaran en un
lugar respetable en el mundo.
UN ATAJO SEDUCTOR
Con seguridad ése habría sido el camino elegido por el gobierno argentino de
no haberse presentado la seductora propuesta de tomar un atajo espectacular para
encontrar una respuesta definitiva y contundente al dilema de la producción de
energía; más aún, para dar con una fuente energética prácticamente
inagotable.
Seguro y categórico, Juan Perón explicó que Estados Unidos, Gran Bretaña y
la Unión Soviética siguieron el camino de la fisión nuclear de átomos
pesados, como el isótopo 235 del uranio o el plutonio, en el desarrollo de sus
planes.
"Durante el período de posguerra la Argentina se dedicó intensamente a
establecer si valía la pena copiar la fisión nuclear o si era preferible
correr el riesgo de crear un camino nuevo. La nueva Argentina decidió afrontar
el riesgo... los ensayos previos fueron coronados con el éxito, lo que nos
alentó para instalar en la isla Huemul una planta piloto. Allí, en oposición
con los proyectos extranjeros, los técnicos argentinos trabajaron sobre la base
de reacciones termonucleares que son idénticas a aquellas por medio de las
cuales se libera la energía atómica en el Sol. Para producir tales reacciones
se requieren enormes temperaturas de millones de grados. Por ello el problema
fundamental a resolver radicaba en la forma de conseguir tales temperaturas...
Para evitar explosiones catastróficas, era menester encontrar el procedimiento
mediante el cual fuera posible controlar las reacciones termonucleares en
cadena. Este objetivo, casi inalcanzable, fue logrado", afirmó el Jefe de
Estado.
Presentó a la concurrencia al profesor Ronald Richter, 42 años, austríaco,
nacionalizado argentino, director de los ensayos, quien confirmó las
aseveraciones de Perón:
§"Tengo interés en afirmar que esto no es una copia del extranjero. Es un
proyecto completamente argentino. Para los extranjeros esto va a ser tan
totalmente nuevo como para nosotros, y deseo recalcarles que si no hubiera sido
por el amplio apoyo prestado a este proyecto por el Presidente de la Nación, la
realización del mismo hubiera resultado imposible"
§"La situación es completamente sensacional y como técnico que soy, no
estoy acostumbrado a producir tales sensaciones. Con este proyecto la Argentina
ha atacado en sus bases a los proyectos que sobre terrenos similares se
desarrollan en el exterior. Lo que los norteamericanos consiguen en el momento
de la explosión es una bomba de hidrógeno; en la Argentina ha sido realizada
en laboratorios y bajo control"
Richter contestó a algunas preguntas formuladas en el curso de la conferencia
de prensa:
"Yo controlo la explosión, la hago aumentar o disminuir a mi deseo. Cuando
explota una bomba atómica sin control hay una destrucción espantosa. Yo he
conseguido controlar la explosión para que la misma se produzca en forma lenta
y gradual"
"Usted se sorprendería mucho si supiera cuál es el material que se usa;
pero como otros tienen supersecretos, nosotros también los tenemos. Tenemos que
conservar los secretos de nuestros amigos para que ellos conserven los nuestros.
No mantenemos el secreto por razones armamentistas, sino simplemente por razones
económicas e industriales, puesto que además del espionaje para la guerra
existe el espionaje económico, y la Argentina deberá proteger el secreto"
EL ENIGMATICO DR. RICHTER
En una de las notas correspondientes al Capítulo I de su libro, el Dr.
Mariscotti no deja de señalar que hasta ese día ninguna bomba de hidrógeno
había explotado y que "la referencia de Richter demuestra que estaba al
tanto de los esfuerzos que, con Edward Teller a la cabeza, se realizaban en
Estados Unidos en ese tema"
Las reacciones ante el anuncio realizado en la Casa Rosada ese 24 de marzo de
195l oscilaron entre el escepticismo, la ironía, el agravio, y las dudas
respetuosas, con el correr del tiempo. Particularmente, a partir del momento en
que se puso fin a los experimentos en la isla Huemul.
§Cuando Perón hizo el anuncio, las reacciones de fusión controladas no eran
posibles. Sin embargo, poco después el tema comenzó a ser analizado e
investigado. Grupos dedicados al estudio de ese campo de la física comenzaron a
formarse durante esa década. Revistas especializadas como "Review of
Moderns Physicis", "Scientific American", "Nucleonics"
e inclusive libros, publicaron artículos de actualización en esa materia. En
pocos años el tema se convirtió de imposible en "pensable" y se
comenzó a hablar de "difícil pero posible".
§En 1955 H.J.Bhabha, destacado físico hindú, que presidía la Primera
Conferencia Internacional sobre los Usos Pacíficos de la Energía Atómica en
Ginebra, predijo que el problema de la fusión nuclear estaría controlado en 20
años
§Ese mismo año, el presidente de la Comisión de Energía Atómica de los
EE.UU. anunció oficialmente que dicha institución estaba apoyando el proyecto
Sherwood, un programa de investigación a largo plazo para lograr la fusión
nuclear controladas para usos pacíficos
§El 14 de agosto de 1955, "el diario suizo "Die Wocke" señalaba
que "esa posibilidad ya había sido mencionada unos años atrás por el
investigador atómico Richter, calificado entonces de charlatán, puesto que en
esa época se opinaba en general que el elevado grado de temperatura necesario
para el proceso sólo podría alcanzarse mediante la explosión de una bomba de
uranio"
§El New York Times, diario que expresa el pensamiento de la izquierda
progresista norteamericana, se caracterizó por una decidida hostilidad hacia el
régimen peronista e integró el grupo de los críticos que no creyeron en el
descubrimientos que se atribuía el austríaco. Sin embargo en su edición del lº
de Abril publicó un comentario de un especialista, Waldemar Kaempffert, de tono
menos escéptico. Lo hizo bajo el título "Argentina no posee recursos,
aunque al menos en teoría sus pruebas atómicas son posibles"
Kaemffert recordaba que Sir Jhon Cockcroft, director del laboratorio inglés de
Hardwell, coautor de la primera reacción nuclear artificial en l932, se había
referido a las posibilidades de obtener la fusión nuclear controlada. En una
conferencia en Oxford, en junio de l950 sostuvo: "Medios serán encontrados
algún día de producir temperaturas adecuadas para lograr la fusión de los núcleos
de deuterio y convertirlos en helio"
§El colaborador del Times menciona estudios teóricos del profesor Motz, de la
Universidad de Columbia sobre el particular y sostiene que éste "no
considera el proyecto de Richter como una cuestión absurda"
RICHTER y LOS ESTUDIOS SOBRE FUSION
Para Mariscotti el anuncio realizado por Perón y Richter, a pesar de que a la
postre el proyecto quedó trunco, actuó "de estímulo para el comienzo de
las investigaciones formales en este tema en los Estados Unidos. El hecho quedó
documentado en las actas desclasificadas oportunamente de la Comisión de Energía
Atómica. El 26 de julio de 1951, esta institución consideró un contrato de
investigación propuesto por el doctor Lyman Spitzer, de la Universidad de
Princeton, para estudiar fenómenos de transporte y reacción de elementos
livianos y aprobó al efecto un aporte de 50 mil dólares.
Con el tiempo, dicha universidad reconoció oficialmente que Spitzer, destacado
astrofísico especializado en plasma, había sido estimulado a pensar en el tema
a raíz del trabajo de Richter y a concebir un dispositivo magnético capaz de
confinar el plasma.
En consonancia con esta información, recuerdo la confidencia de un joven físico
argentino, hecha por los años 80, de haber sido sorprendido por el gesto de
algunos colegas norteamericanos que le mostraron en el laboratorio de Livermore,
dedicado al estudio del plasma, una placa que mencionaba a Richter como pionero
en las investigaciones sobre energía de fusión.
Richter, no era tan loco ni tan estafador como lo hicieron aparecer tanto buena
parte de sus colegas argentinos como la oposición a Perón, que encontró en el
episodio un venero inagotable de elementos para atacar su política. A punto tal
que Agustín Rodríguez Araya, un dirigente radical caracterizado por su
constantes diatribas y furibunda oposición al régimen, aprovechó la
hospitalidad del diario brasileño "Folha da Manha" para denunciar que
la constitución de la Comisión Nacional de la Energía Atómica, concretada el
31 de mayo de 1950, algunos meses antes de la detonante conferencia de prensa,
no era sino un telón de fondo para esconder la ambición de los militares
argentinos de dominar a la América Latina. Episodio que basta para calificar su
iracundia y su ignorancia sobre los objetivos que se habían impuesto todos los
científicos y técnicos de la CNEA desde su fundación hasta la actualidad, de
trabajar exclusivamente con objetivos pacíficos. Ese solemne compromiso no ha
sido traicionado hasta el día de hoy.
Hay un aspecto que se insinúa en el libro de Mariscotti y que se relaciona con
la presunta influencia de Richter en la apertura de una nueva línea de
investigaciones en materia atómica por los círculos oficiales y académicos de
Estados Unidos. En momentos en que las relaciones del egocéntrico y autoritario
austríaco con los hombres de confianza de Perón llegaron a cierto grado de
tirantez, los informes de inteligencia aludían a repetidas visitas de Richter a
la embajada de ese país, en ocasiones en que viajaba a Buenos Aires. Obviamente
esa actitud, al tratarse de un tema de tanta sensibilidad, suscitó suspicacias;
a punto tal de que se impartieron directivas para que su pequeña hija no se
moviera de Bariloche. Todo indica que era una manera, más o menos sutil, de
tener un rehén adecuado para evitar una presunta transferencia hacia el norte
del hemisferio. Richter había estado en negociaciones para emigrar a Estados
Unidos apenas concluida la guerra, sin lograr concretar su empeño.
¿Cómo se compadece esto con el reconocimiento oficial del fracaso de los
experimentos de Richter que, de alguna manera, implicó un escándalo que lesionó
severamente la imagen del gobierno?
TECNICOS ALEMANES EN LA ARGENTINA
Para intentar una aproximación al tema conviene preguntarse por qué conductos
llegó el científico austríaco a la Argentina.
Uno de los grandes logros tecnológicos de la época peronista fue la construcción
del primer avión a reacción fuera del ámbito de las grandes potencias. El
ingeniero francés Emile Dewoitine llegó a Buenos Aires el 28 de mayo de 1946.
Poco más de un año después, el 9 de agosto de 1947, convierte al país en el
primero de América Latina en construir un jet, octavo en la historia y sexto en
el momento, debido a que Alemania y Japón habían sido ocupados por las fuerzas
aliadas que desmantelaron su estructura industrial.
El IAE-Pulqui"(Flecha en lengua india) era un caza totalmente metálico,
con ala baja y recta de perfil, dotado de una turbina Rolls Royce "Derwent
V" de 1.632 kg de empuje, con una velocidad máxima de 720 km/h.
A pesar de que significaba un importante paso de la industria aeronáutica
local, su performance no satisfizo las necesidades que la época requería y
finalmente se desistió de continuar con el proyecto.
Una de las razones para tomar esta determinación fue la llegada al país del
profesor ingeniero Kurt Tank, uno de los pocos proyectistas alemanes de primera
magnitud que no habían sido captados por los estadounidenses, los rusos o los
británicos. Llegó acompañado de un valioso tesoro: los planos microfilmados
del proyecto TA-138 en pleno desarrollo por la fábrica Focke-Wulf al terminar
la guerra mundial.
"Básicamente se trataba de un avión con alas en flecha, ágil y
maniobrable, para volar en los límites de la barrera del sonido, con un
armamento del 8% de su peso total.
Asimismo debía operar en pistas con poca preparación, con lo cual se hacía
indispensable un tren de aterrizaje resistente, despegues y aterrizajes cortos
(STOL) y fácil mantenimiento en operaciones", lo describe Ricardo Burzaco
en su documentado libro "Las alas de Perón"- Aeronáutica Argentina
1945/1960, Editorial Da Vinci, Buenos Aires 1995.
Kurt Tank y un brillante conjunto de proyectistas, ingenieros, técnicos y
aviadores germanos dieron un gran impulso de actualización a la industria aeronáutica
y a la Fuerza Aérea Argentina, cuya eficiencia y arrojo asombraron a los
analistas militares del mundo durante la guerra de Malvinas, a pesar de contar
con equipamiento inferior al enemigo.
Es lógico suponer que en ese momento Perón, cuya percepción estratégica es
uno de los atributos que incluso sus opositores no le niegan, preveía la
posibilidad cercana de proyectar al país a la condición de potencia emergente.
Baste señalar que el politólogo y economista norteamericano Dennis Small
sostuvo en uno de sus trabajos que, de haberse mantenido la tendencia de avance
de la tecnología impuesta por los proyectos iniciados o concretados por el
equipo alemán y sus aventajados discípulos locales, la industria aeronáutica
argentina hubiera alcanzado en los años 80 del siglo pasado, el nivel de la
francesa y un papel preponderante en el mundo. Basta esto para comprender por qué
Perón tenía en alta estima al profesor Tank y por qué aceptó con interés la
calurosa recomendación que le formulara para traer a Buenos Aires a un físico
que había conocido en Londres: Ronald Richter.
EL CIENTÍFICO Y EL HOMBRE
El archivo personal del coronel Enrique P. González, uno de los líderes del
Grupo de Oficiales Unidos (G.O.U.) que protagonizó la revolución militar del 4
de junio de 1943, designado por Perón secretario general de la Comisión
Nacional de Energía Atómica, creada por decreto del 31 de mayo de 1950,
constituyó una de las fuentes primordiales para el libro del doctor Mariscotti.
Con poco frecuente generosidad, el militar cedió esos materiales al
investigador y a través de esa documentación y de las confidencias de carácter
personal que le hizo, es posible intentar una aproximación a la compleja
personalidad de Richter.
Aplomado, podía carecer de cualquier atributo menos de una alta autovaloración.
Para las pocas personas que tuvieron acceso a su trato, la duda siempre fue si
se estaba ante una personalidad genial o mitomaníaca. O una extraña mezcla de
ambas cosas.
Categórico, soberbio, mordaz, imperativo, respondía perfectamente al perfil
del exponente de la raza germana surgido de las teorías raciales de la doctrina
nacionalsocialista: parece difícil que aceptara las opiniones y las críticas,
por constructivas que fueren, surgidas de un país cuya mayor mezcla de sangres
estaba determinada por el aporte de españoles e italianos, con incorporación
de árabes y judíos y una avalancha de emigrantes de dispares procedencias.
Algo para nada congruente con los ideales de la superioridad de los arios.
Acompañado por el profesor Tank, que lo avalaba, luego de no concretarse un
intento de viajar a los Estados Unidos, el 24 de agosto de 1948 tuvo oportunidad
de explicar su teoría a Juan Domingo Perón. El 29 de junio de 1951, en un diálogo
con periodistas en la Casa Rosada, éste rememoró las circunstancias de aquel
encuentro.
"Richter me dijo que nosotros podíamos iniciar los trabajos atómicos por
los procedimientos que siguen los norteamericanos, pero para eso necesitaríamos
unos seis mil millones de dólares. ¿``Es posible?´´, me preguntó. Claro que
yo ni le contesté. Entonces Richter continuó: ``Eso es seguro. Por ese
procedimiento nosotros produciremos energía si usted me da los seis mil
millones de dólares. El otro procedimiento es el de la fusión´´. Y me lo
explicó tan bien que yo ahora tengo bastantes conocimientos de lo que es la
fusión nuclear. Entonces agregó: ``Por ese camino podemos llegar o no llegar.
Hay que hacer dos o tres descubrimientos y podremos llegar o no, pero lo haremos
con chirolitas. ¿Usted se anima?´´ Y yo le respondí: ¿Y usted se anima?
Richter me contestó que él estaba decidido; entonces le respondí: ¡Métale
no más! Le dimos los medios y empezó. Los demás procedimientos los ha
descartado por caros e inoperantes. Este es el método barato"
De esa conversación surge que Richter previno a su interlocutor sobre el riesgo
de "llegar" o no llegar, con lo que planteaba en el fondo que la base
del método de investigación científica es la del "ensayo y error",
donde a menudo una serie de fracasos puntuales conduce finalmente al éxito y,
con mucha frecuencia, a un callejón sin salida. Pero ése es el precio a pagar.
Seguramente al presidente argentino, que tenía de todo menos que de ingenuo, no
se le escapaba esa perspectiva. Pero como estratega que era, sabía también que
la marcha hacia los objetivos propuestos está signada, siempre, por la
introducción de variables desconocidas, para las cuales es necesario contar con
propuestas substitutivas que permitan superar las incertidumbres de carácter táctico
y persistir en la búsqueda de la meta inicial.
Una de las preocupaciones mayores de Perón era la de poblar el enorme desierto
patagónico. Cuando Richter, que había comenzado a trabajar en Córdoba junto a
la gente de Kurt Tank, llegó a malquistarse con sus compatriotas, se hizo
necesario buscar un nuevo asentamiento para sus equipos. Esa fue una de las
razones por las que, luego de un detallado estudio de las perspectivas que ofrecía
el territorio nacional, finalmente se eligió a la isla Huemul, situada en el
Lago Nahuel Huapi, en adyacencias de San Carlos de Bariloche.
Los trabajos se iniciaron el 21 de julio de 1949, a todo ritmo y dentro de
estrictas medidas de seguridad. Como nota curiosa, la responsabilidad en ese
campo correspondió al jefe del 2º Batallón del Regimiento 21 de Infantería
de Montaña, mayor Carlos Monti, un brillante oficial que cargaba en sus
antecedentes con un desembozado antiperonismo. El 12 de Octubre de 1945, cuando
en el Círculo Militar una tumultuosa asamblea debatía la suerte de Perón,
pretendió cortar por lo sano con una frase que había quedado registrada:
"Lo que hay que hacer es pegarle un tiro en la cabeza"
Su destino en el confín austral era una manera de castigo que tuvo como
atenuante sus cualidades castrenses.
Paradojas de la vida: ahora tenía una de las misiones que solamente se confía
a hombres de indiscutida lealtad. Perón objetó en principio la propuesta de su
comando militar, pero a la postre aceptó el argumento del ministro de Defensa,
el general Sosa Molina: "Este tipo será lo que usted quiera, pero es un
soldado ante todo. Si le da una misión, la va a cumplir"
Se trabajaba de día y de noche, entre la curiosidad de los pobladores de la
zona a los que despertaba la atención la brillante iluminación que surgía de
la isla.
En marzo de 1950, Richter y su esposa se establecieron en Bariloche, con lo cual
se daban las condiciones para lanzar la etapa decisiva del programa nuclear. Un
plantel de 400 personas, entre técnicos, albañiles, carpinteros, electricistas
y otros oficios de la construcción, además de soldados, acarreaban materiales
desde Bariloche y los volcaban febrilmente en las obras. El 8 de abril, Perón y
Eva Duarte fueron impactados por el encofrado del reactor principal, de 12
metros de altura por otro tanto de diámetro. Un mes más tarde ya se realizó
el hormigonado, con un volumen estimado en unos 1400 metros cúbicos (demandó
veinte mil bolsas de cemento).
El grupo humano desbordó de alegría cuando, quitado el encofrado, el reactor
se mostró ante los ojos. Todos experimentaban la sensación de ser testigos de
una obra de suma importancia para el país.
UN CIENTÍFICO DESCONCERTANTE
Para desconcierto general, Richter resolvió poco después que sería necesario
reemplazar los caños radiales de hierro de 2 pulgadas que convergían hacia la
cámara interior por otros de fibrocemento de 20 centímetros de diámetro. Este
y otros detalles lo llevaron finalmente a la sorprendente decisión de demoler
el reactor y reinstalarlo de manera que se asentara sobre el suelo rocoso de la
isla.
Mario Mariscotti dedica varios párrafos a describir la singular personalidad
del científico mediante opiniones recogidas entre quienes lo trataron en esas
circunstancias:
"A veces ponía los ojos en blanco, como un visionario, abstraído,
encerrado en sí mismo sin tomar en cuenta a los que lo rodeaban; tal el
recuerdo de Prieto"
"Mezcla de niño y de genio – lo definiría Hellmann – era una
combinación de un ser infantil que tenía ideas propias de un científico...
siempre daba la impresión de tener un carácter doble"
La aparente irracionalidad de la decisión creó zozobra en Buenos Aires. Pero,
en temas de ese nivel científico, lo que parecería absurdo para una personal
normal, podría ser indispensable para un investigador que explora continentes
desconocidos.
Al parecer en la decisión final influyó un informe enviado por Kurt Tank al
director de la Escuela Superior de Guerra Aérea, brigadier Heriberto Ahrens,
donde se refiere a las teorías planteadas por Richter. Es especialmente
significativo el siguiente párrafo: "Los trabajos realizados hasta hoy por
el doctor Richter se han dirigido, principalmente, al desarrollo del
procedimiento de control y llegaron al éxito esperado"
Si realmente había logrado resolver los problemas de control de la fusión
nuclear, debía haber conseguido también, o al menos estar muy próximo a ello,
la propia reacción de fusión. No se podría hablar de éxito si no fuera así.
Muchos de los párrafos eminentemente técnicos del informe sugieren haber sido
suministrados por Richter a su amigo.
La decisión final, como es comprensible, recayó sobre los hombros de Perón.
El Presidente autorizó la demolición.
En todos estos acontecimientos desempeñó un papel de relieve el coronel González.
Era, sin dudas, uno de los alfiles principales del Jefe de Estado, quien
comprendía cabalmente la importancia que tenía para la Argentina insertarse en
el nuevo mundo de la ciencia aplicada y la innovación tecnológica, para que el
sistema tuviera a la postre la posibilidad de realimentarse de recursos y, a la
vez, otorgar al país un nuevo rango en el concierto de las naciones. No sólo
era el responsable de la conducción de la CNEA, sino que pocas semanas después
fue el primer director de la Dirección Nacional de Investigaciones Técnicas,
primer antecedente de lo que sería años más tarde el Consejo Nacional de
Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), cuya alma mater fue Bernardo
Houssay, primer Premio Nobel de ciencia argentino. Eminente médico e
investigador, este liberal pronunciadamente antiperonista, compartía la visión
de un país volcado al desarrollo de sus talentos. Tentado por EE.UU. a partir
de 1947 para trasladarse con sus equipos al Norte, Houssay, en una de sus
misivas sostuvo: "La Ciencia no tiene Patria; el científico sí la
tiene". Y prefirió quedarse para compartir con sus compatriotas las
esperanzas y las frustraciones del futuro.
Sin contactos con los círculos de mayor jerarquía, González logró rodearse
de varios asesores de valía, como el ingeniero Otto Gamba, el astrónomo
jesuita padre Juan Bussolini y el capitán de navío, ingeniero, Manuel
Beninson, personas que jugarían un papel en la evaluación de los trabajos de
Richter en la isla Huemul.
En esa encrucijada, el militar tuvo la sorpresa de que se le acercara espontáneamente
Enrique Gaviola, quien a la sazón se había alejado de toda actividad pública
y era consultor científico de la Cristalería Rigolleau. De inmediato aprovechó
las circunstancias para sumarlo a su equipo científico.
Sin embargo la fuerte personalidad de Gaviola, su desenfadada crítica a los
trabajos de Richter, entonces en pleno auge, y cierta dosis de soberbia personal
que lo caracterizaba, frustraron a último momento la asunción de sus cargos de
asesor de secretario general de la CNEA y director de la Dirección Nacional de
Investigaciones Técnicas, a pesar de haber firmado el respectivo contrato.
ACTIVIDAD ARROLLADORA E INCOMPRENSIBLE
A todo esto, Ronald Richter consolidó su autoridad en Huemul y desplegó una
actividad arrolladora y, por momentos, de carácter incomprensible para sus
colaboradores subalternos. Formulaba solicitudes de equipos y materiales,
revocaba sus propias órdenes y mostraba infundadas sospechas sobre la lealtad y
la honestidad de sus allegados.
Precisamente cuando esta situación llegó a una instancia límite, en febrero
de 1951 una experiencia de laboratorio hizo suponer que se había alcanzado las
condiciones para desencadenar reacciones termonucleares. Así parecieron
indicarlo registros logrados en un espectrógrafo y en detectores Geiger Muller.
Informado González, pocos días después presenció a instancias del físico
germano un experimento realizado en el reactor chico del laboratorio. Refirió
su vivencia del momento de la siguiente manera:
"Lo que observamos en el momento de la explosión fue que los aparatos de
control, oscilógrafos y detectores acusaron reacciones impulsivas, entrando
todos en funcionamiento en el momento crítico. Se produjo también un
movimiento de las líneas, cambio de color y una luz muy fuerte sobre la
plaza"
El padre Bussolini acordaría una especial significación a la presencia de un
halo circular blanquecino en una placa que Richter trajo a Buenos Aires. De
todas maneras, el coronel González no se dejó atrapar por el entusiasmo y para
cubrir cualquier eventualidad propuso a Perón que se efectuara una nueva
demostración en presencia de científicos y técnicos argentinos.
Interfirió en su concreción un violento altercado entre el coronel Fox, nuevo
jefe de la guarnición militar de Bariloche, que consideraba parte de sus
prerrogativas inspeccionar la isla, y el científico, empeñado en mantener un
hermético secreto, sin excepción alguna, en sus dominios. Culminó con la
expulsión del militar a punta de pistola, situación crítica que impuso a Perón
arbitrar al respecto. Tal vez deslumbrado por las perspectivas de un logro
excepcional, de puño y letra escribió al científico una nota en la que le
dijo: "Por la presente queda usted designado mi único representante en la
isla Huemul, donde ejercerá, por delegación, mi misma autoridad"
A pesar del espaldarazo dado por Perón, las dudas, las angustias y las
tribulaciones del coronel González se van sucediendo, alimentadas en buena
parte por los informes que recibe de su hijo, capitán del Ejército, que
dominaba varios idiomas, entre ellos el alemán y actuaba en la proximidad de
Richter. También ejecutivos de la casa holandesa Phillips, proveedora del más
avanzado equipamiento nuclear europeo, entre el cual un sincrociclotrón que sería
provisto a la CNEA, deslizan comentarios que contribuyen a crear un clima de
desasosiego en él, a tal punto que le solicita un informe al ingeniero Ricardo
Rossi, enviado por aquella empresa a Bariloche. Rossi debía ilustrar a Richter
sobre los equipos que podía ofrecer Phillips a quien era uno de sus más
importantes clientes.
Entre sus observaciones, afirma que el físico rehuyó constantemente emitir
opiniones técnicas y que lo encontró en una especial predisposición de ánimo,
como "si estuviera pasando por una situación personal especial donde no le
interesaba lo que estaba sucediendo en Huemul. Un desprecio olímpico por todo
lo que compraba y cómo hacía las cosas. En una obra tan monumental, yo en su
lugar habría esta enloquecido controlando planos, haciendo mediciones, yendo de
un lado a otro..."
TRIBULACIONES DE UN CORONEL
Corrían los primeros meses de 1951 y después del sensacional anuncio del 24 de
marzo no se hicieron esperar las reacciones a nivel internacional. Los más
famosos científicos no vacilaron en manifestar su escepticismo al respecto,
entre los que se incluían apellidos notorios en esa época, como Heisenberg y
Fermi.
Presionado por las circunstancias, González le pide a su hijo que señale a
Richter la necesidad de "dar por fin alguna prueba concluyente acerca de la
veracidad de los trabajos realizados en Huemul". El 12 de septiembre el
capitán González informó a su progenitor, vía telegráfica, que el profesor
Richter instalaría una planta de agua pesada y pocos días después añade que
llevaría a Buenos Aires, en algunas semanas más, cobalto 60, isótopo
actualmente utilizado en medicina nuclear.
Mientras tanto, a pesar de que avanzaba su enfermedad terminal, el instinto que
guió la vida política de Eva Perón la lleva a sumarse a quienes descreen del
hombre que lidera el proyecto Huemul y se opone a la permanente sangría de
recursos que provoca la lluvia de dispendiosos pedidos que llega desde el sur.
Los anuncios sobre el alcance de nuevas metas están condicionados por la
recepción de costosos equipos; anuncios que cuando se realizan no ofrecen
posibilidades concretas de verificación, so pretexto de que es necesario
resguardar el secreto de las experiencias.
Richter llegó a anunciar en un viaje a Buenos Aires el 11 de diciembre que
estaba en condiciones de iniciar la etapa industrial de su proyecto, para lo
cual era necesario contar con la posibilidad de asociar el conocimiento
supuestamente logrado en la materia por la Argentina con la potencia industrial
de un país de primer orden. Sin embargo, subsistían las imprecisiones y la
vaguedades cuando en las ruedas de prensa se le solicitaban datos concretos
sobre la concreta producción de energía por fusión nuclear. Incluso declinó
contestar cuando se le preguntó si el eventual socio podían ser los Estados
Unidos.
El manifiesto interés de Richter por los Estados Unidos era explicable. La
potencia americana esta sumergida en una frenética carrera con la Unión Soviética
por el predominio nuclear. En julio de 1946 los Estados Unidos ya habían
fabricado nuevas bombas y habían iniciado ensayos nucleares en las islas
Marshall, en el Océano Pacífico. Se realizaron dos pruebas ese año y tres más
en el siguiente, cuando la URSS detonó en agosto de l949 su primera bomba A.
LA BOMBA DEL FIN DEL MUNDO
En las esferas del poder norteamericano se desencadenó un acalorado debate, que
tomó estado público, sobre la conveniencia de desarrollar un nuevo tipo de
arma nuclear, la bomba de hidrógeno o bomba H, de muy superior poder explosivo.
Muchos científicos que participaron en el Proyecto Manhattan (bomba A) elevaron
objeciones morales sobre la eventual utilización contra civiles inocentes de un
arma mil veces más poderosa que las utilizadas contra Hiroshima y Nagasaki. Los
premios Nobel E. Fermi e I. Rabi, solicitaron al Presidente que declarara públicamente
que iniciar el desarrollo de tal arma sería "contrario a principios éticos
básicos".
Truman designó un comité especial para considerar el tema y al recibir un
dictamen por mayoría dispuso finalmente que la Comisión Nacional de Energía
Atómica continuara el desarrollo de todo tipo de armas nucleares. El 31 de
Octubre de 1952 ocurrió la primera detonación de un artefacto de fusión en
las islas Marshall, con una potencia de 10 megatones. Produjo un cráter de casi
dos kilómetros de diámetro y 60 metros de profundidad.
Apenas habían transcurrido 10 meses cuando la Unión Soviética asombró al
mundo al explotar su primer dispositivo termonuclear, de tecnología más
avanzada, que utilizaba deuterio de litio en lugar de la mezcla de deuterio y
tritio empleada por los estadounidenses.
Pocos meses antes Ronald Richter, a pesar de su persistente reticencia a
participar en debates, responde en la revista United Nations World a una feroz
crítica del profesor Hans Thirring, director del Instituto de Física Teórica
de la Universidad de Viena, quien insinuaba nada menos que Richter era un
embaucador. En ella, luego de denostar a su compatriota, sostiene entre otras
cosas:
No hubo en la Argentina explosión atómica alguna, ni existe la intención de
hacerlo en el futuro
"Hace un año yo le informé al presidente Perón acerca de la desintegración
explosiva del litio 6 y sobre el nuevo tipo de reacción en cadena inducida por
neutrones tan decisiva en bombas termonucleares"
En el curso de una entrevista mantenida con el periodista Peter Alemann en 1954,
Richter le comentó que esa revista había suprimido de la mencionada misiva la
palabra no de la frase "...nos permitió entender por qué en una bomba H
uno no debe utilizar tritio...". A partir de esa revelación Alemann
desarrolló una hipótesis en defensa de la idoneidad teórica de su
interlocutor. Se remontó a una publicación de la revista Time del 12 de abril
de 1954, en la que se documentó el costoso fracaso de los estadounidenses, cuya
primera bomba H resultó ser un artefacto monumental de 60
toneladas y con un volumen similar a una casa de dos pisos. La razón fue que
funcionó con tritio y deuterio, ambos isótopos pesados del hidrógeno que debían
ser licuados. La mayor parte de aquella instalación consistía en un
licuefactor. En agosto de 1953 los soviéticos explotaron su propia bomba H, con
un dispositivo mucho más simple, cuya clave consistía en el uso del litio.
Cuando Alemann rememoró las declaraciones de Richter inició una investigación
que demandó varios años. Cuando tuvo ocasión de leer la autobiografía del
profesor Manfred von Ardenne, en la que éste da cuenta del temor suscitado en
los rusos por los anuncios de Perón, sospecha que Moscú tenía conocimientos
de que Richter había colaborado en los trabajos de von Ardenne y que en
realidad, en 1951, sabía más que los científicos occidentales sobre el tema.
El monumental reactor estadounidense construido en Savannah River para licuar el
tritio y el deuterio resultó innecesario cuando finalmente Washington decidió
seguir los pasos de los rusos y apelar al litio.
ESTALLA LA CRISIS
El año 1952 comenzó con otro abrupto cambio en los planes de Richter. Expresó
su intención de mudar su laboratorio a una zona más alejada de Bariloche,
llamada Indio Muerto y anunció su propósito de cambiar a la empresa
contratista SACES, de capitales italianos, por la GEOPE, alemana, sin consultar
para ello al coronel González. De inmediato el hijo de éste se apresuró a
informar a su padre, que se encontraba circunstancialmente de vacaciones.
Valido de la autoridad que le había conferido Perón, Richter actúa de manera
arbitraria. Negocia el traslado a Indio Muerto, pero a la vez sigue con los
trabajos en la isla. Instala un electroimán a mediados de enero y pocos días
después exige que su potencia sea aumentada a 10 millones de vatios y 100 mil
voltios. Convoca, sin mayores explicaciones al gerente de GEOPE y esta actitud
precipita las cosas. El 10 de ese mes provoca un encuentro con el físico, a
quien previniera el día anterior que no tomara por el momento ninguna resolución
sobre las nuevas obras. Al arribar a su casa, se lleva la sorpresa de es
recibido en momentos en que el anfitrión analiza con ingenieros de GEOPE el
traslado de las instalaciones, en términos que eran desconocidos en
Presidencia. Para peor, el ingeniero Trimmel, uno de los presentes, explicó que
Richter acababa de introducir un cambio al planteo realizado hasta el momento:
proponía construir una tercera planta, intermedia, mientras se ejecutaban las
obras de Indio Muerto.
Para justificar su posición, el aludido manifestó que los constructores habían
operado a tontas y a locas contando con la complicidad del capitán González.
Como es de suponer la conversación alcanzó tonos de extrema violencia verbal,
con agravios de Richter que la traductora vacilaba en expresar.
Esa misma noche el coronel González viajó por tren a Buenos Aires decidido a
poner en conocimiento al general Perón lo que estaba ocurriendo y a deslindar
su responsabilidad personal. Llegaba a la Casa Rosada munido de una serie de
antecedentes documentados que colocaría sobre el escritorio del Jefe del
Estado. Estos son algunos de los episodios relatados:
La compra de un osciloscopio en Suiza alegando la máxima urgencia, para cuyo
traslado por vía aérea se habías pagado un flete de $ 19.000 pesos de la época,
una suma poco usual. La orden de construir en Indio Muerto 20 chalets y dos
pabellones, a pesar de que no había dado a conocer sus intenciones de mudar las
instalaciones al lugar.
La obra del reactor demolido había demandado más de un millón de pesos. Se
sumaban otros casos de obras demolidas.
Los planes para la instalación de la usina fueron modificado cuatro veces y los
requerimientos de potencia pasaron en sólo un mes de un millón a 12 millones
de vatios.
El ingeniero Kurt Tank había modificado su original opinión respecto de
Richter y consideraba que le faltaba capacitación para dirigir las obras y que
debía abandonar el aura de misterio en que envolvía sus actividades.
COMISION INVESTIGADORA
A pesar de que Perón parecía esperanzado, aceptó la propuesta de González de
formar una pequeña comisión para tomar contacto con aquél, que quedó
integrada por el padre Bussolini, el capitán de navío Beninson y los
ingenieros Otto Gamba y Mario Báncora, perteneciente a la Universidad de
Rosario, quien contaba entre sus antecedentes con la construcción de un ciclotrón.
Quedó en comunicarle personalmente lo dispuesto al físico. La reunión se
realizó el 19 de febrero en la Casa de Gobierno y nuevamente Richter demostró
su capacidad de convicción. El informe oficial emitido a posteriori indica que
el ministro de Asuntos Técnicos, Raúl Mendé, se haría cargo de centralizar
los trabajos del proyecto atómico argentino y de hacer "uso de la energía
atómica ya obtenida". González había perdido su partida, Mendé estaba a
cargo y la comisión investigadora cancelaba su viaje a Bariloche.
Sin embargo, no se disolvió. Se reunió el 6 de marzo en la sede de la Dirección
Nacional de la Energía Atómica, en Avenida del Libertador para elaborar un
informe científico. El dictamen, que a la postre quedó archivado, aconsejaba
"la suspensión del apoyo moral y material que se le ha venido prestando al
proyecto".
A todo esto quedó pendiente una visita presidencial a Huemul, la que debía
concretarse cuando Richter pusiera término a obras pendientes, que no viene al
caso enumerar, pero que demandarían según un informe que un estupefacto Mendé
recibió, un nuevo costo de $ 300 millones.
El capitán de fragata aviador naval Pedro E. Iraolagoitía, fue designado para
suceder a González, cuya renuncia se había mantenido en reserva. Su primer
contacto con Huemul se debió a la denuncia de su director de que había sufrido
un presunto acto de sabotaje, al explotar un recipiente de presión que contenía
una mezcla de hidrógeno y nitrógeno.
El 21 de abril de 1952, recibió una demostración de lo ocurrido en el mismo
recipiente desfondado por la primera explosión, con una nueva mezcla de esos
gases. Al apretar Richter el botón de control, ubicados ambos a prudente
distancia, el edificio fue sacudido por una fuerte explosión. Examinó una
ristra de papel conectada a un registrador más alejado y escribió en ella
"energía atómica".
"ESTE TIPO ESTA LOCO"
Iraolagoitía referiría años después que su primera reacción fue decirse a sí
mismo "Lo que el día anterior había dicho que era un sabotaje, ahora era
una demostración que me hacía. Este tipo está loco"
Esta opinión tan contundente coincide con la de Edward Teller, el llamado padre
de la bomba H, quien luego de leer unos papeles escritos por Richter, sostuvo:
"leyendo una línea de lo de Richter uno piensa que es un genio, leyendo la
segunda línea, uno ve que es un loco".
Otros testimonios presentados por Mario Mariscotti en su libro contribuyen a
perfilar esa cuestionada personalidad:
El profesor von Ardenne afirmó que "Fantasía y realidad se mezclaban
tanto en él que uno no podía confiar en los resultados de su trabajo...",
ya en 1943 le había escuchado a Richter la idea de convertir núcleos livianos
en helio usando descargas en gases de altas corrientes y reconoce que se movía
en una línea correcta pero su accionar, "no digno de un científico,
consistía en presentar especulaciones teóricas como hechos reales y mediante
una presentación mentirosa de la situación conseguir medios para sus trabajos
experimentales"
El director de la tesis de Richter en Praga, profesor R Furth, a requerimiento
del periodista Peter Alemann, le aclaró: "Personalmente consideré a
Richter como hombre de ciencia medianamente dotado, que poseía un exceso de
imaginación y carecía de suficiente autocrítica"
Iraolagoitía, convencido de la necesidad de obtener una definición cuando
antes, se empeñó en consolidar el cuerpo con nuevas incorporaciones que
sumaran calidad científica del mejor nivel posible. No era una tarea sencilla,
los integrantes de la Asociación Física Argentina, donde se reunían los
mejores cerebros, eran los más indicados, pero la entidad había adoptado, con
Gaviola a la cabeza, un marcado sesgo antiperonista. Sin embargo, en la Dirección
Nacional de Energía Atómica se iba generando un fenómeno que tendría
importantes consecuencias para las investigaciones y desarrollos nucleares en el
país: varios científicos, que no participaban de la doctrina peronista, se
unieron a ella y, por la otra parte, con criterio pragmático, Perón terminó
por aceptar que era necesaria la cooperación de opositores en un proyecto común
al servicio del país.
Finalmente la comisión investigadora terminó integrada por Bussolini, buen
astrónomo, pero con pocos conocimientos de física; el ingeniero Otto Gamba que
había realizado cursos de postgrado en física nuclear y trabajos en radioisótopos
en el Instituto Poincaré y el Instituto de radio de París, el ingeniero Mario
Báncora, experto en electromagnetismo, y un hombre que a la postre sería
figura determinante en los avances argentinos en física nuclear, el doctor José
Antonio Balseiro, quien había trabajado con Enrique Gaviola y Guido Beck. Con
ellos accedió a los secretos de la física cuántica, conocimientos que
perfeccionó mediante una beca del British Council para trabajar con Rosenfeld.
DICTAMEN DEMOLEDOR
En septiembre de 1952, los cinco científicos y veinte legisladores llegaron a
la isla. La exposición hecha por Richter, la falta de argumentos científicos sólidos
y las vaguedades con que respondía a las preguntas de los visitantes
persuadieron a Balseiro y Báncora de la endeblez del proyecto. Ambos trabajaron
complementariamente en la inspección de los impresionantes equipos y de los
resultados de las explosiones que generó el anfitrión, quien afirmaba haber
logrado la emisión de rayos gamma. Pero los monitores de ese tipo de radiación
con que contaban los visitantes contradecían esas
aseveraciones. Una atmósfera de escepticismo se generó en todo el grupo en el
que se filtraba la sospecha de que se había montado un espectáculo
fraudulento.
Diversas demostraciones dieron como resultado la ausencia de toda reacción de
carácter nuclear y tampoco tuvo mayor éxito el esfuerzo de Richter para
exhibir la presunta obtención de agua pesada.
Cuando la comisión regresó a Buenos Aires, sólo el padre Bussolini ofrecía
el beneficio de la duda al físico cuestionado. El resto de sus integrantes tenía
en claro que nada avalaba el estruendoso anuncio sobre el supuesto control de la
energía de fusión hecho el año anterior. En los informes personales
entregados por los investigadores, Báncora y Balseiro fueron contundentes en
afirmar la falacia de la conducta de Richter, con argumentos de sólida base
científica.
El 25 de septiembre éste fue convocado a la Casa Rosada, donde Perón y Mendé
le entregaron copias de los informes críticos de la comisión, con
instrucciones precisas de responderlos.
El 11 de octubre llegó la respuesta de propias manos, pero esta vez Richter no
pudo ver a Perón, quien delegó la tarea en Mendé e Iraolagoitía. El
documento no aclaraba nada y de acuerdo a la idiosincrasia propia del físico
austriaco su defensa consistía en acusar a los miembros de la comisión de
haber incurrido en confusión.
Aún así fue necesario que en la Escuela de Mecánica de la Armada el ingeniero
Báncora realizara una prueba con equipos convencionales para demostrar que, en
determinadas condiciones, oscilaciones electromagnéticas podían provocar
reacciones en los equipos Geiger. En ese momento, el padre Bussolini, asesorado
por un especialista del Observatorio de San Miguel, terminó por aceptar el
dictamen mayoritario de que de las experiencias realizadas en Huemul era
imposible deducir la presencia de energía atómica.
El gobierno se resistía a enterrar el proyecto que había generado tantas
expectativas. Se apeló a una suerte de "tribunal de alzada": una
comisión integrada por el profesor Richard Gans y el doctor Antonio Rodríguez
–alemán el primero, de reputación internacional, y doctorado en la
Universidad de Edinburgh bajo la dirección de Max Born, el segundo. En dos
horas analizaron el informe crítico de la primera comisión y la réplica de
Richter. Fueron suficientes para apoyar en su totalidad el dictamen acusador.
Una entrevista posterior cara a cara entre Richter y Gans no hizo sino
confirmarlo. Se había cerrado la última página de la novelesca historia de la
isla Huemul y se abría la puerta del futuro de la investigación atómica que
prestigiaría a la ciencia argentina en el mundo.
RICHTER: INTUITIVO Y MITÓMANO
Del relato de diversos testigos e investigadores, incluyendo fuentes científicas
de relieve internacional, no queda en claro cuál era la real personalidad de
Richter. ¿Fue un vulgar estafador que intentó especular con las expectativas
de Juan Perón de contar con la llave para convertir a la Argentina en una nación
protagónica en el mundo de la posguerra? ¿O, en cambio, era un físico capaz
de intuir nuevos caminos para la investigación, pero carente de las condiciones
de prudencia, autocrítica y tenacidad necesarias para alcanzar el éxito?
Alguien cuya soberbia le había hecho menospreciar la afirmación de Einstein:
"El genio está hecho de 10% de inspiración y 90% de transpiración"
Todo parecería indicar que Richter entrevió el camino para la conquista de la
energía de fusión, pero no tenía suficientes conocimientos tecnológicos para
afrontar las enormes dificultades que se le presentaban y que aún hoy, pasado
medio siglo, las grandes potencias científicas e industriales no han podido
superar. Se unía a ello una personalidad fronteriza entre la mitomanía, la
soberbia y la iracundia descontrolada.
Lo que intriga es por qué Perón, hombre pragmático, poco propenso a la
ingenuidad y a perdonar a los desleales o a los defraudadores, ya aceptado el
fracaso del Proyecto Huemul, no tomó represalias contra el otrora omnipotente físico
que con sus actos contribuyó en buena medida a deteriorar la imagen del líder
justicialista.
Aunque pareciera que los errores cometidos por Richter en la apreciación de sus
ensayos aclaran el secreto que rodeó a la isla sureña, quedan en pie todavía
muchos interrogantes sobre este enigmático personaje que siguió viviendo
muchos años en la Argentina, prácticamente recluido y olvidado.
A pesar de todo actuó como un factor catalítico, ya que precipitó una política
de Estado respecto de las prioridades acordadas a la energía atómica que
permitió, como una de las pocas excepciones en la historia del país, que
sectores ideológicamente antagónicos olvidaran sus diferencias y, trabajando
mancomunadamente, escribieran una de las páginas más brillantes de la ciencia
y la tecnología. La creación de la Comisión Nacional de Energía Atómica
puso a la Argentina a la cabeza de las naciones en vías de desarrollo cuando
logró dominar el ciclo de los combustibles nucleares, tanto en lo referente a
la producción de plutonio, lograda a nivel de laboratorio en el Centro de la
Avda. Constituyentes, como al enriquecimiento de uranio, con fines no bélicos,
que se concretó en las instalaciones de Pilcaniyeu, a algunos kilómetros de
San Carlos de Bariloche. Para lo cual debió, con la capacidad de sus hombres,
superar el embargo internacional impuesto por las grandes potencias a la
adquisición de tecnologías sensitivas.
Cuando se examinan los tiempos precursores de ese desarrollo se torna imposible
no remontarse a la personalidad excepcional de Enrique Gaviola. Hombre de sólidas
convicciones democráticas, con inclinaciones socialistas, ese científico que,
como vimos, había logrado desentrañar en 1946 la constitución de la bomba atómica,
guardada como un secreto absoluto por las grandes potencias, no vaciló en
dirigirse el 14 de enero de 1931 al Presidente de facto, general Uriburu, para
reclamar una política educativa a tono con los desafíos de los tiempos.
Le hace llegar un estudio sobre el problema universitario argentino y dice: ...
"...me propongo solicitar al Excmo. Señor Presidente tenga a bien disponer
el envío de unos veinte estudiantes de los primeros años de nuestras
universidades a cursar estudios completos en las mejores universidades del
mundo. Estos estudiantes y los que se enviarían en años sucesivos, serían los
llamados a renovar el profesorado de la universidad a su vuelta, y resolverían
todos nuestros problemas académicos"
Entre 1945 y 1947 desplegó una actividad infatigable. Mariscotti señala que
dirigía el Observatorio Nacional de Córdoba, presidía la Asociación Física
Argentina y era activo investigador científico.
"Aún así –asevera – su máximo afán fue lograr la materialización
de sus proyectos para colocar a la Argentina en un escaño superior en la
ciencia mundial y encontró tiempo para ello. Planes, memoranda, programas de
acción, cartas (a veces más de una docena por día) se apilan en los archivos
de aquellos años".
Gaviola propiciaba además invitar a trabajar en la Argentina a los hombres de
ciencia que, en la posguerra, pudieran sentirse oprimidos por las restricciones
impuestas a sus investigaciones por razones de seguridad ante la rivalidad
existente entre las grandes potencias en pugna.
"Su venida puede significar una revolución industrial, científica y
cultural para el país. Para que vengan es necesario darles seguridad económica,
medios de trabajo y libertad científica a través de un organismo capaz de
inspirarles confianza. Tal organismo podría ser una Comisión Nacional de
Investigaciones, formada por los pocos hombres de ciencia activos de reputación
internacional con que cuenta el país, que dispusieran de suficiente autoridad y
recursos", sostiene.
La propuesta del físico, fundada en su visión y en su pragmatismo, que le hace
superar prejuicios políticos e ideológicos, encontraría correspondencia en la
estrategia desplegada por Juan Perón al crear la Comisión Nacional de Energía
Atómica y, al ser éste desplazado del poder por el golpe militar de 1955, en
la infatigable labor y el talento organizador de Alberto Houssay, quien daría
nacimiento en 1958 al Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas
(CONICET).